El
día que cumplí los 114 me dijeron que no podía seguir viviendo. Que se me había
acabado la cuerda, como decíamos antes. Yo los miré con sorna y no hice caso; a
ver, mis padres habían superado holgadamente los 130. Pero al cabo de una
semana, plas, mensaje código naranja que te tienes que ir y que te tienes que
ir.
Como
conocía a un objetor muy simpático le pedí que me contara sus métodos de
supervivencia. Era un lince, llevaba décadas falsificando células y quitándose
años. Me pasó unos cuantos inyectores ilegales, de los que se aplican por
inducción directamente a vena y ni la Detectora Civil lo pilla. Funcionó bien.
Fui trampeando siete años más, dando excelente en las pruebas aunque un poco
colocada. Nada grave.
Sin
embargo los avances acaban siempre con la iniciativa individual. El cerco se
fue estrechando. Me acorralaron en el consultorio de Eternidades Vigentes y me
soltaron un fogonazo de bosones de Higgs que, claro, arraigaron sin problemas y
me teletransportaron, como decíamos antes, a la energía que ahora soy.
En
realidad, no es problema. Vengo a tu pantalla a decírtelo. Basta con música y
luz para alcanzar la felicidad: te aseguro que es un estado francamente
agradable, lleno de posibilidades, en el que incluso puedes insuflar algo a
quien te lee desde el otro lado del cristal.

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