Hipólito avanza por el salón tratando de evitar los cristales que siembran peligrosamente el suelo. Ni su único pie ni la muleta deben pisar unos fragmentos que le harían resbalar. No ha podido contener el arrebato de furia; ha muerto madame y, al entrar en el salón y verse reflejado en el bufé junto al que fue operado, al reconocer su cara envejecida por el dolor, ha lanzado la pierna ortopédica contra el espejo.
Recuerda cuando le tendieron sobre la mesa. Recuerda la
frase no te costará nada. Evoca el miedo en los ojos del médico: desde
un ángulo secreto, desde donde todos creían que no alcanzaba a ver porque los
candiles multiplicaban su luz y las dobles llamas cubrían casi toda la imagen
de lo que estaba sucediendo, Hipólito supo del miedo de Charles. Sin embargo no
se resistió. El olor a desinfectante lo llenó todo. Vio un bisturí y ahora el
chasquido seco del tendón al ser cercenado resuena en su cabeza cada noche,
como las palabras del farmacéutico.
No tiene nada que perder:
busca entre los triángulos de espejo esa mirada cobarde. En algún lugar, quizá
en un destello apenas, pueda recobrar el fragmento de tiempo que le falta y
recomponer la escena que le robó para siempre su vida imperfecta.
Con este micro tengo la satisfacción de participar en la antología "Destellos en el cristal" de la revista del microrrelato Internacional Microcuentista.