Esta vez te sorprendes de que el daño sea superficial: el machete iba directo a partirte el corazón, pero no ha podido penetrarlo. Sólo tienes una raspadura externa que ni siquiera va a infectarse. Deberías exudar poder, pero en cambio, sientes un desamparo gélido por tu nueva inmunidad, cultivada con la paciencia de un explotador de yacimientos.
Durante meses trabajaste la imagen del escudo, que no sirvió para nada. Ahora, pensar que entre tú y lo que sientes por su deslealtad sólo media el manojo de cables de un explosivo de voladura, y que ese manojo eléctrico lo corta tu cerebro voluntariamente, con el audible chasquido de un alicate de electricista, no resulta liberador. Te sientes más fuerte, sí, pero has entrado en una nueva dimensión de la infelicidad. Contemplas tu entorno desde el autismo.
Es cierto que todo es más inocuo. Aquella sensibilidad extrema era una hemorragia constante. Habías llegado a sentirte por dentro como manta de trinchera. Pero ahora contemplas cómo navega por el sueño de los falsos inocentes y sabes que el chasquido del alicate va a costarte un precio impagable.