Antes de pisar la colilla del suelo, me detengo: algo se mueve. Un tipo pequeñito, camiseta amarilla y grandes bíceps, trata de sostener mi pie con su titánica fuerza. Me agacho y me pregunta si me gustaría ir con él. Por supuesto que le sigo. Corre como un loco, siempre en línea recta. Llegamos a una especie de hormiguero. Aquí, me dice, ésta es mi ciudad. Dentro, un enjambre de personitas desarrolla una pacífica vida capitalista. Tienen sus casas, sus tiendas, sus lugares de ocio donde el tipo amarillo quiere exhibirme. Pero no voy a caber, le indico. Él ha pensado en todo. No, no, tú espérate aquí fuera que yo voy a anunciarte.
La espera se me hace larga, la verdad. Empiezo a dudar de la cordura del individuo. Al final sale trayendo tras de sí a toda la ciudad, o eso me parece, como un flautista de Hamelín que los acaudillara. Se desparraman por los alrededores y yo me siento en el suelo, dispuesto a actuar para mi anfitrión. Presume de domador de monstruos y yo le dejo: sube por mi brazo, se cuelga de mi labio inferior, cabalga sobre el puente de mi nariz. Hasta que me sobreviene un estornudo del que sale catapultado contra la multitud. Involuntariamente los salpico a todos de microbios, se propaga una ola de pánico y los altavoces proclaman alerta por pandemia, radioactividad 7; huyen despavoridos por los agujeritos.
Sólo queda mi hombre. Envuelto en la extraña sustancia verde que escupí involuntariamente -él la coloca en forma de taparrabos-, es el único que se vuelve hacia mí. Abre las piernas hasta formar un puente, coloca las manos sobre las rodillas y levanta uno de los pies, que deja caer a plomo. Luego toma un puñado de arena del suelo. Ceremonialmente lo arroja y me lanza el grito de reto.
Los valientes siempre responden a la adversidad.
imagen tomada de la red