La fortuna del bisabuelo alcanzó a tres generaciones y ahora yo, arruinado, debo donar su mansión al Ayuntamiento. Van a convertirla en un museo, y sin embargo me exigen a mí que retire la palmera que crece a la puerta del jardín indiano. La fea ulceración del tronco ahuyentaría al público, dicen; caterva de mojigatos [que] espera profanar mi herencia.
Yo mismo acudo a la finca hacha en mano. Quiero asestarle en persona el golpe de gracia. No recuerdo cuántas veces trepé a su tronco hecho mástil o fui atado, cautivo, a esa rugosidad que de adolescente acompañó mis soledades. Su sobrio perfil cruzó la vista del mar, al fondo. El mar por donde llegó siendo aún semilla.
Descargo el primer corte, certero; cuesta despegar la herramienta. Va el segundo; se estremece. Me sacudo las sensaciones y la vida y le doy el tercero con determinación. Golpe de carne y hueso.
El tronco se despereza. Cruje y abre una lenta boca. De la amarga hendidura se despliega un grito agudo, progresivo, demente, grito de mandrágora que perfora varias generaciones. Me trepana y, enloquecidos los tímpanos, mi vista se imanta en el interior del tronco: un feto fósil, de rostro petrificado y párpados prominentes, duerme un lúgubre sueño. La raíz umbilical que envuelve el cuerpo es un áspid de madera. Me acuerdo del tío Abel. De su hija Susana.
Paralizado, me hundo en el suelo mientras las hojas de la buganvilla y el castaño se agitan a mi espalda, y roídos por un cáncer interior los troncos revientan, las ramas caen, la tierra eructa humedades. De cada raíz brota un engendro monstruoso que empieza esforzadamente a reptar por el jardín. A la voz del ininterrumpido grito despiertan al unísono. Sus formas me conmueven, pero el horror no me alcanza. Quizá supe siempre que este sería mi destino, la vuelta al suelo. No huyo. Lo que enferma sana y da salud.
Consigo llegar a la cancela. Voy a cerrarla. Si logro aplacar a estas bestias fundaré un nuevo futuro. Nadie sabrá más de mí, lucharé hasta que dome a los engendros. Empuño el hacha. Construiré el primer bestiario de las Américas, catálogo de monstruos y prodigios, zoología para locos y valientes. Para quienes entienden de coraje, para quienes comprenden que todavía hay algo por hacer.
Cinco años y fortuna.