Foto: David Larrosa, 10 años
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martes, 16 de octubre de 2012

¿POR QUÉ SÓLO APRECIAMOS LAS PROMESAS ROTAS?



La señora María ha elegido el día de hoy para cortarse las uñas. Las veinte. Sentada en la tapa del inodoro (no está para equilibrios de taburete) sumerge los pies en el bidet. Se hace los pies (lima las callosidades) y luego envuelve pieles y uñas en un trozo de papel higiénico, que tira al váter.
Un laberinto de desagües después, el apetitoso manjar llega al cocodrilo de cloaca. Escamas de humano es mejor que nada. Educado en la austeridad, pero heredero de instintos ancestrales, el monstruo albino paladea el bocado y lo dormita en una lenta digestión. Soñar le alarga el disfrute de la delicatessen del día.
Es verdad que la mala suerte ha relegado a Antonio al peor puesto del alcantarillado, y que suele despotricar por ello, pero hoy reza con ferviente gratitud al toparse con el cocodrilo que ronca. Pensar que lo había tomado por una leyenda urbana. Pensar que está a un palmo de sus horribles fauces. Pensar que se acuerda de su madre cuando ve callosidades en las zarpas. Pensar que ella solía decirle: te protegeré siempre




martes, 9 de octubre de 2012

ARMONÍA UNIVERSAL




     Rodrigo abrió un restaurante ruidoso al pie de la carretera. Acudían a él transportistas de largo recorrido, corredores agrícolas, apremiados comerciantes y conductores de tractor. Regaban con cerveza de barril rápidas raciones de riñones, repollo relleno, tripas de cordero o jarretes con rúcula. Radiante de éxito, Rodrigo proclamaba su ruda y próspera empresa con la mayor risotada tabernaria. 
     Su mujer, a un lado, murmuraba el mal de la melancolía: verme morir entre memorias tristes, recriminaba mustia. Mal vamos, advirtió el poeta.
      A los pocos meses el bar de la carretera desapareció.
     El silencio se desliza por las sombras del local vacío. Suenan los ecos de voces que no están. Un susurro insiste en desvelar los secretos: los suspiros de Silvina, que suplantó signaturas, sugieren falsos informes fisiológicos que su esposo creyó fiables. Pero no hubo neumólogo ni fibrosis; sólo sibilina falsedad.
     Por suerte el poeta es el único que lo sabe. Ajenos a la música de las esferas, los demás viven felizmente sordos.



martes, 11 de septiembre de 2012

COMPETENCIA INÚTIL



Esbeltas, livianas y rutilantes, se precipitan en una carrera que se desviven por ganar. Un fondo de aplausos las envuelve. Nadie les garantiza el futuro, aunque probablemente esperan tener éxito. Me han tomado mucha ventaja, pero yo sé que ser redondita y cachazuda tiene su propio premio. Simplemente porque estoy siendo observada por ti. Soy todo tu mundo en este instante: un mundo esférico de gota transparente, tranquilamente aposentada en tu ventana.



Dedicado a mi amigo Javier Ximens (intentando comprar su benevolencia, jeje). Con un beso.

martes, 4 de septiembre de 2012

BIFURCACIÓN




Los huesos siguieron llegando, pero yo ya no estaba allí. Se acumularon por los rincones, se desordenaron en las salas, fueron codiciados por los visitantes de paso. Los había (cosas de la ignorancia popular, mezclada con la buena fe del envío) de todo tipo de animales, y hasta algunos humanos. Incluso llegaban con mordeduras, como si en el último momento su remitente los hubiera sometido a cata. 

            Dos décadas después me pregunto si fueron vistos, descartados por algún experto. ¿Merecieron pruebas de carbono y ADN? Si, como era mi propósito, me hubiese dejado la vida en el empeño de la reconstrucción, tal vez su puzzle histórico se elevaría entero en el centro de la cueva. Un monumento al tesón, mejor que nada. Incluso, fantaseo, mi propio esqueleto serviría al final para ilustrar la complejidad del ser humano frente a la simpleza de los saurios, y mi nombre daría nombre a un centro geológico.

            En lugar de eso, vivo pujando por los vestigios más remotos de la antropología en el mercado negro de Internet, a la captura del tiempo y la eficiencia. Aunque algo me dice que la velocidad empaña la tarea minuciosa de cualquier aspirante a la gloria. 


Este microrrelato es una versión actual de otro escrito hace un par de años. Muchas gracias a quien tenga el tiempo y la paciencia de darme su opinión comparativa.



EN BUSCA DEL TIEMPO PERDIDO

La revista siguió llegando, pero yo ya no estaba allí. Cada número era una posibilidad de que mi cuento hubiese ganado el certamen mensual. Si mi nombre aparecía en letras de molde, como decíamos entonces, con la revista bajo el brazo visitaría todas las editoriales y periódicos solicitando al redactor jefe una oportunidad. Pero me fui de allí y me fui lejos, y me fui décadas, y las revistas fueron apilándose, cerradas aún en su gran sobre de correos con mi nombre. ¿O no las apiló nadie? ¿Fueron leídas, donadas, encuadernadas, cubrieron el suelo fregado de una cocina, alzaron las posaderas de un niño que no alcanzaba a la mesa? Hoy pujo en Internet por los números perdidos con la obsesión de un ludópata, buscándome ilusamente donde me dejé, como si llevar mi nombre premiado bajo el brazo pudiese volver a conseguirme un gran futuro por delante.

martes, 12 de junio de 2012

LA LUZ BLANCA

     Han pasado 1.277 días y tú has hecho vida normal. Es verdad que no te han dejado volver a cocinar bajo el pretexto de que tu espalda ya no está como para aguantar tres horas de pie haciendo la paella, pero al fin y al cabo te encuentras estupendamente. Sigues con tus partidas de bridge de los jueves. Y vas a buscar a Nico a la guardería, eso es lo mejor. En septiembre se te agarrotaban las manos; en octubre tenías palpitaciones. Sólo es ansiedad, dijo el médico. Cuando Nico sale del cole te salta al cuello y tú lo tensas como cuando eras joven, cuando ponías cuello de toro para hacer pesas y que las chicas te admirasen un poco. Porque si el niño quiere un abuelo de hierro pues lo va a tener. Luego te echa una carrera y tú vas detrás. Te cuesta algún que otro resoplido, pero estás en forma. 
     Han sido 1.277 días de felicidad inconsciente. Asi es la vida, ni se nota que pasa. Hoy tienes que cuidar a Nico en casa porque su madre saldrá tarde del trabajo. No es el mejor día para hacer de canguro porque esta mañana has sentido que se te nublaba la vista, pero qué caramba. El chico es estupendo. Es lo mejor que te ha pasado nunca. Lo disfrutas más que a tus hijos. Ahora tienes más tiempo y menos preocupaciones. Sólo la maldita ansiedad... Debe ser un recuerdo de tu vida activa, te censuras. Porque tú estás como un toro. Exceptuando, claro, el recorrido que lleva esa espina que se te clavó el día de la paella, escena insignificante. Te dolió el dedo unos días, pero luego creíste que se había curado. Qué ironía, fue todo lo contrario: la absorbiste. Tu torrente sanguíneo la fue empujando. Hay tantas oportunidades minúsculas y cotidianas de perder la vida... nadie podría impedir su viaje mortal hacia la diana de tu destino. Nadie sabrá que es ella quien acaba con el abuelo.
     Estás sentado frente a la tele con tu nieto. Presientes algo. El chico mira unos dibujos que tú no sigues. Respiras profundamente, como si quisieras disipar ese fantasma que te aprieta el pecho. Nico se levanta. Repentinamente se sienta en tu regazo. Empieza a acariciarte las mejillas y se queja de que raspan, abuelo, aféitate, y te masajea y te constriñe, y te aprieta las mejillas hasta que haces la O con la boca, y le dices que se esté quieto pero qué va. Él te achucha y te agobia y tú le ruegas y suplicas en vano, Nico para, y al final te dejas caer de espaldas sobre el sofá con el niño encima, te aplasta, y de puro absurdo y de tanto agobio sueltas una carcajada, sí, y él te besa y te hace cosquillas y al final te puede ese chico y lo bicho que es y tu carcajada suena grande y sonora, tan grande y tan sonora y repentina que tu corazón se expande, tu tórax se agita, tu sangre se mueve y la espina (¿qué espina?), quién sabe por qué, se extravía.





martes, 22 de mayo de 2012

EXPLORACIÓN


     

     La cartografía: ésa fue siempre mi debilidad. En todas mis vidas pasadas y en la presente. Pero quien esté libre de pecado que tire la primera piedra; yo, desde luego, cedí a sus cantos de sirena. ¿Tan absurdo es?, me pregunto ahora, cuando por fin mi alma se desata de los designios de sus viejas carnes. Carnes que tracé sobre mapas de piel curtida, montes que subí y luego bajé hasta cavernas llenas de ominosa oscuridad; ríos vadeados, meandros a plumilla, llanuras de carbón e inexpugnables selvas. La piel y la tierra, un solo mapa.
     Dejo a Sesostris, al escriba de Tolomeo, a Su-Song, Al-Idrisi, los dos Juanes,  Colbert y hasta a John Snyder. Todos ellos fui yo. Huyen tabletas, portulanos, mapamundis y cartas de marear. Me desprendo de ellos vida a vida, plano a plano; cae mi epidermis capa a capa, se extingue mi último aliento, y la luz final de mis neuronas se encierra, consume y concentra en un único latido de energía. Núcleo potente y cegador que, por fin, sale despedido y desnudo rumbo a la incógnita de la eternidad.


martes, 3 de abril de 2012

AGUA ENTRE LOS DEDOS





        Lo micro no tiene tanta importancia, dices bajando por un momento, infinitesimal, la vista. Un instante de preocupación recorre tu rostro.

Sin la millonésima de segundo que hace falta para verlo, nadie habría percibido ese instante. Tal vez no debería existir.

No, lo micro no tiene tanta importancia, digo mirando, a través de la ventana del bar, las acciones que se suceden en la calle. El tropiezo de un chico en patín, el camión que adelanta a una moto o el aleteo de la paloma asustada. Todos los días, todo el tiempo, en un tiempo eternamente micro, se pierde azarosamente la importancia.



martes, 28 de febrero de 2012

RISTEL



            Ristel estaba convencida de que, si se disfrazaba de tigre y no se quitaba el disfraz nunca, todos acabarían tratándola como a un tigre. Es más: pensaba que por ese procedimiento se convertiría en un verdadero tigre. Así que consiguió un buen disfraz y salió a cazar.
Su piel hermosa, la ferocidad de sus rugidos y la rapidez con que dio alcance a la gacela no dejaban lugar a dudas: aquel animal era un tigre. La selva lo aceptó como a tal. Sin embargo, en el instante en que iba a ser devorada, la gacela miró a Ristel a los ojos y dijo: tú eres una serpiente.
Ristel silbó de ira y de impotencia, se irguió en el aire y se desprendió del disfraz. Antes de morir fatalmente envenenada, la gacela comprendió que hubiera preferido las ficticias garras.


martes, 7 de febrero de 2012

CONCOMITANCIAS




   Mi amigo reencuentra notas por todas partes: junto al teléfono, colgadas de la nevera, en fondos de cajones, en el plafón de corcho y hasta en algún álbum fotográfico antiguo, entre viejas flores aplastadas y orlas que ya no son en color. 
   Le digo que me parece agobiante. Él sonríe.
   -No es fuente de angustia sino de incesante felicidad.
   Para Javier, esas notas son indicio de que aún puede sorprenderse a sí mismo. Cuando menos se lo espera, recupera una historia que atrapó y coleccionó hace años -mariposa de entomólogo-, y reencontrarla lo llena de júbilo como la aprobación de un proyecto desahuciado: el proyecto de ser escritor.
   Sólo le falta pasar al relato. A su entender, la vida está llena de escenas, caprichos, datos o concomitancias, como le gusta decir cuando divaga conmigo. Por lo tanto, lee todo el tiempo: lee signos, señales, indicios, sugerencias...  y los interpreta suspicazmente, seguro de que puede devolverlos descifrados en forma literaria. Paladea la quimera de esa posibilidad.
   -Lo que te falla es ponerte a escribir -le digo, investida de autoridad-. Está bien, tienes un montón de ideas, pero ¿cuándo te sientas a plasmarlas? Deberías trabajar la intuición.
   -¿La intuición? -pregunta él muy sorprendido.
   -Sí, la intuición activa. Sólo ejecutas una parte de tu potencial. El canal receptor. Eres capaz de olisquear una historia en unas gafas abandonadas o en el carmín emborronado de una anciana... pero te pierdes en el camino de la idea a la trama.
   Finge que no se molesta. No duda de mi cariño, ni de mi lucidez de profesora de secundaria, pero el camino que va del consejo a la agresión es agreste y traicionero.
   -Seguro que no hablas así a tus alumnos -murmura.

(Luces, cámara, acción:)

   El sol que atraviesa el cristal de la ventana proyecta su calor sobre mi mano derecha, que juguetea con un vaso de tónica en cuyo interior una torre de Pisa de hielos tintinea. Apuro el agua helada que queda en el fondo del vaso y el hielo contra el cristal me suena a aplauso.
   Me pregunto cuántas de sus notas han surgido de nuestras conversaciones. Se rasca la barba rala con un ruido seco de matojo, tose y mira a través de la ventana. En la plaza no hay niños a esta hora. No hay estudiantes como antes, cuando veníamos al bar aprovechando un retal de tiempo –una clase robada- para tomar un café y charlar sin sustancia en este local que no ha cambiado tanto como su dueño.
   -¿Te acuerdas de Ángela? -pregunta, como si hubiera escuchado mis pensamientos.
   El jersey fucsia que nos acompaña al fondo del local se agita con el sobresalto de un móvil.
   -Estridencias –digo-, la llamábamos Estridencias.
   -Ahora me parece una soplapollez -dice Javier-. Un cultismo impertinente.
   Oído cocina. El dueño del bar provoca un estrépito de vasos al sacar la bandeja del lavavajillas.
   -No sé en qué habrá parado –digo-. No era muy lista.
   Javier viste una camiseta negra con letras grises que rezan Procrastinate, la marca de su proyecto de venta de ropa deportiva online. Su piel me dice que ha pasado el último fin de semana en la playa. Me molesta que no me haya dicho nada. Pregunto por sus planes de vacaciones.
   -Falta mucho para agosto -responde.
   -A mí me apetece viajar a algún lugar de la costa, lejos -anuncio con un movimiento tentador de cejas. 
   -¿De verdad? ¿No vas a hacer uno de tus viajes culturales por todos los museos de Europa? –se resarce.
   Me gusta su tono burlón.
   -No creas que puedo darme todos los caprichos. Es que he reservado unos ahorros para dedicarlos al arte de no hacer nada. Tú dices que es lo mejor que existe.
   Miento, claro. En realidad siento lástima de sus pobres posibilidades, de su talento desperdiciado, de su constante improvisación. Siempre fue un buen estudiante, no es justo que dependa del mercado y de una conexión a Internet.
   Repentinamente alega cita. Nos levantamos de la mesa. Debe ser algo relacionado con sus posibles ventas. Cuando abro el bolso para pagar me encuentro en el bolsillo interior un billete imprevisto de cinco euros, y me alegro en voz alta. Le cuento que al descolgar los vaqueros del armario esta mañana una moneda salió disparada del bolsillo del pantalón.
   De niña dejaba las monedas que me regalaban la abuela o mis padres en cualquier lugar de paso: la cocinita, la caja de bombones, el cajón de la mesita de noche, el interior de un libro de cuentos... Al recuperarlas se me llenaba el corazón de alegría ante la improvisada cosecha. Nunca te faltará el dinero, vaticinaba la abuela alegremente, como si cebara -benévolamente- una premonición. Y es cierto que la vida no me va nada mal.


martes, 31 de enero de 2012


SILENCIO I

   En esta casa no hay domingos ni festivos. Los postigos permanecen entornados día y noche. La quietud de afuera, sólo rota por el paso de mi barca a la luz del crepúsculo, se desdobla en el interior sala por sala.
   Custodio los latidos cada vez más tenues de los muros. Sé que falta poco para que impere el vacío; deseo entrar y enseñorearme de su espacio de paredes altas, de pálidas yeserías y lánguidas penumbras. Otros caserones habitan la melancolía agreste del delta, pero ésta y no otra será mi casa, entre huertas, bosques y sudestadas. Mi casa para descansar del interminable remar de mi canoa.
   No me importa su precio en almas.


                                           Horacio Butler


SILENCIO II

   El ronquido vetusto y gigante resuena por toda la casa: de la habitación oscura brota el estertor. Su ritmo exacto iguala noches y vigilias. María teje y desteje una cárcel de cuidados.
   El ruido del bastón, pam, pam, pam, la urge a cumplir exigencias. Con una mirada interpreta una orden. No tiene vida, sólo respuestas.
   Hoy la luz inunda toda la casa. El aire corre, no huele a fármaco. Sábanas de algodón limpias y el claro del crucifijo ausente le recuerdan que el silencio existe. Ya evadida, aún secuestrada, María escucha siempre el pam, pam, pam de aquel bastón. 




Acabo de descubrir que Juan Yanes ha colgado estos dos textos en su blog, Máquina de coser palabras. ¡Muchas gracias, Juan! Quien lo visite descubrirá un blog excelente, con antologías, decálogos de escritores, entrevistas y, por supuesto, los textos maravillosos de Juan.

martes, 10 de enero de 2012

ENCOMIENDA



La fortuna del bisabuelo alcanzó a tres generaciones y ahora yo, arruinado, debo donar su mansión al Ayuntamiento. Van a convertirla en un museo, y sin embargo me exigen a mí que retire la palmera que crece a la puerta del jardín indiano. La fea ulceración del tronco ahuyentaría al público, dicen; caterva de mojigatos  [que] espera profanar mi herencia.
Yo mismo acudo a la finca hacha en mano. Quiero asestarle en persona el golpe de gracia. No recuerdo cuántas veces trepé a su tronco hecho mástil o fui atado, cautivo, a esa rugosidad que de adolescente acompañó mis soledades. Su sobrio perfil cruzó la vista del mar, al fondo. El mar por donde llegó siendo aún semilla.
Descargo el primer corte, certero; cuesta despegar la herramienta. Va el segundo; se estremece. Me sacudo las sensaciones y la vida y le doy el tercero con determinación. Golpe de carne y hueso.
El tronco se despereza. Cruje  y abre una lenta boca. De la amarga hendidura se despliega un grito agudo, progresivo, demente, grito de mandrágora que perfora varias generaciones. Me trepana y, enloquecidos los tímpanos, mi vista se imanta en el interior del tronco: un feto fósil, de rostro petrificado y párpados prominentes, duerme un lúgubre sueño. La raíz umbilical que envuelve el cuerpo es un áspid de madera. Me acuerdo del tío Abel. De su hija Susana. 
Paralizado, me hundo en el suelo mientras las hojas de la buganvilla y el castaño se agitan a mi espalda, y roídos por un cáncer interior los troncos revientan, las ramas caen, la tierra eructa humedades. De cada raíz brota un engendro monstruoso que empieza esforzadamente a reptar por el jardín. A la voz del ininterrumpido grito despiertan al unísono. Sus formas me conmueven, pero el horror no me alcanza. Quizá supe siempre que este sería mi destino, la vuelta al suelo. No huyo. Lo que enferma sana y da salud. 
Consigo llegar a la cancela. Voy a cerrarla. Si logro aplacar a estas bestias fundaré un nuevo futuro. Nadie sabrá más de mí, lucharé hasta que dome a los engendros. Empuño el hacha. Construiré el primer bestiario de las Américas, catálogo de monstruos y prodigios, zoología para locos y valientes. Para quienes entienden de coraje, para quienes comprenden que todavía hay algo por hacer.
Cinco años y fortuna. 


martes, 15 de noviembre de 2011

SINCRONIZACIÓN DE LAS ESPECIES

canstockphoto.es

           Yo te envío mis bacterias a través del aire y ellas empiezan a copular con las tuyas, que no es por ofender pero son bastante promiscuas, la verdad. Entre los dos formulamos una nueva biodiversidad bacteriana. Bien. Crece el jolgorio. Los procariontes cabalgan sobre el flagelo, se frotan los ribosomas, los anaerobios se asfixian y no llegan, ja, pobres. No sabría definir tal microrruido, pero sí esa luz refulgente y verdosa que, sin tú saberlo, te delata, como cuando estás hormonal. ¿Maldita sea? No, no, al contrario, fantástico efluvio el de feromonas que, como el ala aleve del leve abanico, nos verá morir entre memorias tristes juntos, revueltos y procreando.
Así es la eternidad.

martes, 13 de septiembre de 2011

RENACER


 En mi defensa debo decir que había alcanzado el umbral de saturación. Una vida sin logros, insípida, siempre atorada en el estoy a punto de. Y nunca fue cuestión menor la comparación con mi hermana gemela. Llevábamos años sin vernos, tantos que se había casado y tenía hijos y nadie en su casa sabía de mi anodina existencia. Yo misma sólo sabía de su familia por referencias. Referencias privilegiadas que me facilitaron una suave transición de mi huraña soledad a sustituta de mi hermana en una casa donde se lloraba con angustia su desaparición y se buscaba con ahínco su cadáver entre los escombros de la Zona Cero. La mujer que mi cuñado blandía en una foto pudo estar atrapada en un piso en llamas, calcinada bajo una escalera, aplastada contra el asfalto tras saltar desde el horror de la cima. La bendición fue reencontrarla viva. Vagaba por las calles próximas asegurando que les conocía, y dejó que los psiquiatras asociasen errores y falacias al estrés postraumático. Al fin y al cabo, un solo regalo del destino en medio de una tragedia colectiva no es ningún robo. Estoy segura de que ella me agradece que sus hijos no sean huérfanos y que nadie llora a la mujer estéril que murió entre los escombros aquel 11 de septiembre. 



martes, 16 de agosto de 2011

GEMELOS



Cuando teníamos el bar en la Barceloneta nos llamaba la atención un cliente que venía a tomarse un agua mineral vestido con pantaloncitos cortos. En aquella época era raro (el agua mineral y el pantalón corto). Le llamábamos el de las pantorrillas, porque el sujeto lucía unos gemelos que triplicaban, sin exagerar, el tamaño de los tobillos. “El día que venga en pantalones largos no le vamos a conocer”, bromeaba mi padre que, como buen mesonero, siempre acertaba en sus predicciones. Pero esta vez no acertó. Yo sí reconocí al individuo modestamente trajeado que se acercó a Pompas Fúnebres a darme el pésame por la muerte de papá.
Poco después empecé a salir con él. Vendí bien el negocio y nos casamos. Él alternaba sus días de frutero en el Borne con noches de ciclista aficionado. Recorría el muelle entero, de la Barceloneta a la Zona Franca. Yo pensaba que dejaría de hacerlo en cuanto naciera nuestro primer hijo (aquella afición me daba mala espina); pero no acerté, porque fue precisamente entonces cuando empezó a formar parte de un equipo profesional y a ausentarse también los fines de semana. 
Al séptimo mes de embarazo me fui sola al hospital y di a luz gemelos mientras él entrenaba. Ahí me di cuenta de que la vida no era un libro codificado, sino la pirueta de un bufón con mala leche; estaba más sola que la una. A pesar del tirón doméstico de los bebés, él siguió con su bicicleta, y quizá más, aunque eso sí, me puso nodriza. El patrocinador le había adelantado dinero y podíamos permitírnoslo, dijo. Yo empecé a sospechar que su actividad portuaria era demasiado rentable y le imaginé una vida secreta. Pero los gemelos me tenían muy ocupada para investigar, y como al fin y al cabo nunca acertaba, pues lo dejé correr.
Con el tiempo mi marido llegó a ganar dos Vueltas a España y se convirtió en una celebridad. Tuvimos que cambiamos de casa y de barrio. Una vez hasta salimos en las páginas en blanco y negro del ‘Hola’ regalando el cheque de Cola-Cao. Aún así, él seguía entrenado todas las noches en el muelle con su bicicleta vieja, como un gran futbolista con apego al barrio. Y eso fue lo que finalmente le mató, no otra cosa: un camión de fruta lo arrolló una noche en que circulaba a oscuras. Le había fallado la dinamo. O bien tenía otra vida, claro.
Lo que son las cosas: no pude reconocer el cadáver de la morgue porque no era más que un bulto desfigurado. Sólo sus gemelos de ciclista le identificaban. Al final mi padre tendría razón, pensé mientras contemplaba a los niños correteando en pantaloncitos cortos, con tremendas pantorrillas al aire, por el camposanto de Montjuich. O bueno, la tendría si es que realmente el individuo trajeado que me había dado el pésame años atrás era el de las pantorrillas, y no otro aficionado al ciclismo. Aunque ahora ya da lo mismo, porque la historia vendría a ser igual.


Dedicado a Fernando Valls con un saludo afectuoso 

martes, 19 de julio de 2011

ANAGNÓRISIS


Entre la posibilidad de obtener algún premio en la lotería y la certeza de ayudar al indigente que mendiga frente a la Administración, los  transeúntes no dudan: compran un número cargado de ilusiones, rehuyen la mugre. Es otoño y no una hoja de árbol, sino de periódico, cae a los pies del pobre cuando un carro de la basura cruza apresurado. Lentamente él la recoge, como si de un guiño del destino se tratara. Quizá le sirva para compensar tanta miseria humana calentándole bajo el jersey. Ah, pero aún se acuerda de leer, recapacita, y hoy decide que se entretendrá un rato como hacía en su vida anterior, cuando tenía sofá, lámpara y un tiempo remunerado.
En la página del periódico entrevistan a un gurú de la autoayuda que sentencia en el subtítulo: El cerebro humano no distingue entre la fantasía y la realidad. Piénsate y serás los que quieras. El mendigo se acurruca en el portal abandonado que habita y se echa a pensar. ¿Puede la sugestión cambiar un destino? Se entrega al experimento. Se aísla. Concentrándose, se piensa. Es más: se piensa tanto, que inmediatamente alguien lo descubre pensar. Ese alguien lo observa (tal vez sea un médico). Lo controla (o un policía). Le interroga: ¿quién es usted? Entonces el vagabundo, con voz tan potente y segura como no recuerda haber emitido desde largo tiempo ha, replica: Soy un filósofo orbitando el centro de mi teoría.
El interlocutor lo observa boquiabierto. Queda claro que la asertividad del indigente le ha hecho mella. Se acuclilla a su lado. Todo era verdad, barrunta el pobre inundándose de júbilo para sus adentros, mientras el hombre susurra admirado: maestro, y saca de su bolsillo una foto vieja.
Por fin lo han reconocido. Siete años de mala suerte, de vacas flacas, de espejos rotos. Siete años durmiendo en las calzadas para que un periodista atento pueda hilvanar los restos de su peripecia y ofrecerle una entrevista en exclusiva, una biografía superventas, quizá una gira que recogerá un documental, la asistencia al premio a los derechos humanos (por el documental), la participación como tertuliano en  programas de entretenimiento y, finalmente, su consagración como personaje público acuñador de frases populares, como piénsate y serás lo que quieras.
Es entonces cuando el tintineo de una moneda le desvela. Hoy, por primera vez,  en su taza de metal hay un euro y la Administración de lotería está desierta.

                      Dedicado a José Ángel Cilleruelo con cariño y gratitud.

martes, 7 de junio de 2011

PELEA EN EL MESÓN

    Detuvo su vigorosa escritura, cansado de la pelea tabernaria que perturbaba su ánimo. No es un hombre más que otro si no hace más que otro, exclamó. Le replicaron con un Qué sabrás tú, manco, si no sirves para nada. Unos dicen que inmediatamente arremetió contra el injuriador, al que tumbó de un buen derechazo en la mandíbula, y que este cayó al suelo con los dientes bañados en sangre. Otros cuentan que paralizó la escena con una plática sobre entretenimiento y utilidad, lección y elección en la vida y la literatura. Por último, hay quien asegura que se conformó y siguió escribiendo sobre la oscura realidad de su época. Lo curioso es que los analistas del futuro atribuirán la frase al cajista de imprenta.