Rodrigo abrió un restaurante ruidoso al pie de la carretera. Acudían a él transportistas de largo recorrido, corredores agrícolas, apremiados comerciantes y conductores de tractor. Regaban con cerveza de barril rápidas raciones de riñones, repollo relleno, tripas de cordero o jarretes con rúcula. Radiante de éxito, Rodrigo proclamaba su ruda y próspera empresa con la mayor risotada tabernaria.
Su mujer, a un lado, murmuraba el mal de la melancolía: verme morir entre memorias tristes, recriminaba mustia. Mal vamos, advirtió el poeta.
A los pocos meses el bar de la carretera desapareció.
El silencio se desliza por las sombras del local vacío. Suenan los ecos de voces que no están. Un susurro insiste en desvelar los secretos: los suspiros de Silvina, que suplantó signaturas, sugieren falsos informes fisiológicos que su esposo creyó fiables. Pero no hubo neumólogo ni
fibrosis; sólo sibilina falsedad.
Por suerte el poeta es el único que lo sabe. Ajenos a la
música de las esferas, los demás viven felizmente sordos.


