Entre la posibilidad de obtener algún premio en la lotería y la certeza de ayudar al indigente que mendiga frente a la Administración, los transeúntes no dudan: compran un número cargado de ilusiones, rehuyen la mugre. Es otoño y no una hoja de árbol, sino de periódico, cae a los pies del pobre cuando un carro de la basura cruza apresurado. Lentamente él la recoge, como si de un guiño del destino se tratara. Quizá le sirva para compensar tanta miseria humana calentándole bajo el jersey. Ah, pero aún se acuerda de leer, recapacita, y hoy decide que se entretendrá un rato como hacía en su vida anterior, cuando tenía sofá, lámpara y un tiempo remunerado.
El interlocutor lo observa boquiabierto. Queda claro que la asertividad del indigente le ha hecho mella. Se acuclilla a su lado. Todo era verdad, barrunta el pobre inundándose de júbilo para sus adentros, mientras el hombre susurra admirado: maestro, y saca de su bolsillo una foto vieja.
Por fin lo han reconocido. Siete años de mala suerte, de vacas flacas, de espejos rotos. Siete años durmiendo en las calzadas para que un periodista atento pueda hilvanar los restos de su peripecia y ofrecerle una entrevista en exclusiva, una biografía superventas, quizá una gira que recogerá un documental, la asistencia al premio a los derechos humanos (por el documental), la participación como tertuliano en programas de entretenimiento y, finalmente, su consagración como personaje público acuñador de frases populares, como piénsate y serás lo que quieras.
Es entonces cuando el tintineo de una moneda le desvela. Hoy, por primera vez, en su taza de metal hay un euro y la Administración de lotería está desierta.
Dedicado a José Ángel Cilleruelo con cariño y gratitud.