Foto: David Larrosa, 10 años
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martes, 30 de octubre de 2012

IDENTIDAD



Yo desde luego comprendo -porque lo sé por dentro y porque me lo dice la psicóloga- que tengo un problema de identidad. He llegado a tal grado de obsesión que me identifico con mi casa. La terraza es mi infancia, el comedor mis padres, el dormitorio el parto de los chicos, la cocina mi abuela. Es como si mi memoria hubiese cuajado de pronto y mi biografía entera fuera un cubo de cemento portland. Y claro, eso no es razonable. Pero por mucho que me lo afeen, no daré el brazo a torcer: en cuanto asome la patrulla del desahucio, yo los frío con el lanzallamas. 


martes, 24 de enero de 2012

POSTAL DE BARRIO



     Para coser se quita el abrigo, pero no la gorra de lana de colores. El petate aguarda, sentado como un centinela, a que él haga su labor. Ajeno al lento desgranar de ancianos que transita por el centro cívico, Manuel se enfrasca en el remiendo de una vieja cazadora de napa. Sólo de vez en cuando una de las secretarias pasa y le dice algo, a modo de saludo simpático o de complicidad con su rara presencia en el ateneo.
     -¡Un carajillo! –grita el señor Domingo desde la mesa vecina.
     Aunque tiene un periódico, clava en Manuel una mirada ávida. Sus ojos de pez, ampliados por los lentes, le escrutan. La lengua de lagarto jurásico pasea por la boca entreabierta; suena un jadeo de bronquios cargados.
     -Esto sí que fue un partido –dice. Da una palmotada al periódico-: sí señor, bonita portada. ¡Cinco a cero!
     Afuera hace frío. Frente a la sucursal, la tienda de campaña que acumula tres semanas de protesta está hoy vacía.
     -Al menos, una alegría –sentencia el señor Domingo.
     Manuel no dice nada, pero levanta una mano con los dedos abiertos. Él también es del Barça.


martes, 29 de noviembre de 2011

PERSPECTIVAS

©2006-2011 ~ResidentEri


    Tengo un pez que se sienta en el suelo de la pecera a descansar. Mi hijo opina que no está enfermo, sino que es peza y está embarazada: necesita reposo. Para que yo me quede tranquila, el niño chuta el cristal con los dedos hasta que la peza no puede soportarlo y cambia de posición maldiciéndonos. Enseguida interviene mi hija, que por supuesto está a favor de la idea de embarazo. Propone comprar una redecilla que, en el posparto, sirva a la peza para depositar con garantías su prole en una guardería protectora. Y no es mala idea, porque todos sospechamos del gordote negro que chupa las plantas. Esa actitud de abate, ese lacónico pasar por vegetariano nos inquieta. Nos dijeron que ayudaba a limpiar el acuario, y es cierto que desarrolla su labor de un modo impecable. Eficaz. Pero igual no nos gusta mucho. Y como no hemos vuelto a saber nada del rayadito que nos divertía, un haragán que soltaba largos hilos negros rizados (ni del diminuto fosforescente, ni del blanco), por deducción el abate va a ser papá. Un papá austero y trabajador. Nos preguntamos, con ojos de huevito, si no será difícil querer a un pez que crece tanto.



martes, 1 de noviembre de 2011

CRISIS DE SANIDAD


Mientras habla conmigo muy seriamente para convencerme de que debo someterme a una resonancia, el doctor se saca del bolsillo tres cajas de píldoras y las lanza al aire. Vuelan en sentido rotatorio. La enfermera entiende que es el momento exacto de hacer la vertical sobre la mesa y descubre su maillot azul de lentejuelas bajo la bata. Abre la puerta la recepcionista y da recados con nariz de payaso. El abuelo al que di tanda aprovecha y se cuela, convertido en oso con chaleco verde, y en la sala de espera atisbo que el patio de butacas ya no está lleno de achacosos ancianos, sino de niños con zumo y palomitas. Pero qué más da que esto no sea un ambulatorio. El sistema sigue funcionando, así que como dice mi psicólogo, el problema soy yo.


martes, 18 de octubre de 2011

ERE QUE ERE


[Gracias a vuestros comentarios he hecho una rectificación: he cambiado la frase de los asiáticos, demasiado abstracta, por la de la ruleta rusa. Creo que así mejora el texto. Gracias a todos.]


Estoy deseando llegar a casa pero en un último golpe de voluntad doy un volantazo y entro en el túnel de lavado. Como si necesitara un automóvil limpio. Como si pudiera limpiar mi Expediente, lavar mi Regulación, ignorar que estoy en la ruleta rusa. Espero mi turno en una interminable cola de tres, todos con matrícula R. Entran uno a uno, en punto muerto, deponiendo su último aliento al túnel. Me toca: la sonrisa de Cheshire del anfitrión me da siniestra entrada con el trapo de secar.
Me anclan la rueda y suena a bola de condenado. El rodillo de gamuza empieza a girar, ansioso, dentro del túnel. Dócil, el coche entra. Acato el primer jabón. El rodillo me enjabona vigorosamente la cabeza, pasa por delante, por en medio, por detrás. Enseguida aparece el pulpo gigante, amenazador, en lo alto: descomunal, acuna una impúdica cintura de tentáculos, zipzap, zipzap, movimiento hipnótico que sin solución hostiga techo y ventanas. Me deglute y ciega; mis oídos se taponan, cobardes. Oigo cómo la antena se cimbra histérica, intenta huir, chilla y la azotan contra el techo. Ribetes de espuma lloran lentos sobre los cristales. Trato de calmarme pero un ejército de rodillos vertical viene a por mí en acompasada marcha. Fustiga retrovisores y ventanas, me abofetea rítmicamente. Tras un segundo de respiro, un hilo de agua, despectivo salivazo de llama, riega el auto con alguna cera.  Por un momento avanzamos a oscuras, no ocurre nada más y el ruido se aleja... La nada es eterna. Al fin, un último arco de cepillos nos estruja en pavoroso abrazo. Luego, una lluvia fina y floja, indolente, nos libera.
No me sosiega el lento regreso a la luz de la calle. Ni la sonrisa del limpiacoches secando con energía el capó. Licuada en la fuga interminable de regueros que resbalan desamparados por el suelo, mi conciencia siente un vacío infinito. Ya no hay vestigios de los coches precedentes que, limpios como en día de fiesta, dispersaron sus caminos entretejiéndose en la urdimbre activa de la gran ciudad. Ahora, sólo me queda mi casa.

martes, 19 de julio de 2011

ANAGNÓRISIS


Entre la posibilidad de obtener algún premio en la lotería y la certeza de ayudar al indigente que mendiga frente a la Administración, los  transeúntes no dudan: compran un número cargado de ilusiones, rehuyen la mugre. Es otoño y no una hoja de árbol, sino de periódico, cae a los pies del pobre cuando un carro de la basura cruza apresurado. Lentamente él la recoge, como si de un guiño del destino se tratara. Quizá le sirva para compensar tanta miseria humana calentándole bajo el jersey. Ah, pero aún se acuerda de leer, recapacita, y hoy decide que se entretendrá un rato como hacía en su vida anterior, cuando tenía sofá, lámpara y un tiempo remunerado.
En la página del periódico entrevistan a un gurú de la autoayuda que sentencia en el subtítulo: El cerebro humano no distingue entre la fantasía y la realidad. Piénsate y serás los que quieras. El mendigo se acurruca en el portal abandonado que habita y se echa a pensar. ¿Puede la sugestión cambiar un destino? Se entrega al experimento. Se aísla. Concentrándose, se piensa. Es más: se piensa tanto, que inmediatamente alguien lo descubre pensar. Ese alguien lo observa (tal vez sea un médico). Lo controla (o un policía). Le interroga: ¿quién es usted? Entonces el vagabundo, con voz tan potente y segura como no recuerda haber emitido desde largo tiempo ha, replica: Soy un filósofo orbitando el centro de mi teoría.
El interlocutor lo observa boquiabierto. Queda claro que la asertividad del indigente le ha hecho mella. Se acuclilla a su lado. Todo era verdad, barrunta el pobre inundándose de júbilo para sus adentros, mientras el hombre susurra admirado: maestro, y saca de su bolsillo una foto vieja.
Por fin lo han reconocido. Siete años de mala suerte, de vacas flacas, de espejos rotos. Siete años durmiendo en las calzadas para que un periodista atento pueda hilvanar los restos de su peripecia y ofrecerle una entrevista en exclusiva, una biografía superventas, quizá una gira que recogerá un documental, la asistencia al premio a los derechos humanos (por el documental), la participación como tertuliano en  programas de entretenimiento y, finalmente, su consagración como personaje público acuñador de frases populares, como piénsate y serás lo que quieras.
Es entonces cuando el tintineo de una moneda le desvela. Hoy, por primera vez,  en su taza de metal hay un euro y la Administración de lotería está desierta.

                      Dedicado a José Ángel Cilleruelo con cariño y gratitud.

martes, 12 de julio de 2011

REINVENTARSE PARA SUPERAR LA CRISIS

   


    Soy una experta lanzadora de objetos a la calle. Empecé cuando era pequeña, apuntando con furtivos escupitajos al primer calvo que pasaba. Seguí en la adolescencia, cuando un iluminado creó los globos de agua (vivir en un séptimo piso era fundamental para camuflar posibles responsabilidades). Luego tuve un crío que lloraba a moco tendido a la hora de ir a la escuela, así que, desde casa, apuntaba bien para no dar en la cabeza ni a niño ni a padre y dejaba caer un par de Sugus que resolvían el problema.
    No hay que ser muy listo para reconocer que, en estos momentos de caída libre de la economía, uno debe sacar partido de sus dotes y acudir a la teoría de Newton: la expansión multiplica la resistencia. Yo lo demostraré. Lanzaré la hoja de este curriculum (que planeará dócilmente hasta el suelo) y luego saltaré yo, desde mi quinto piso actual, bien extendidas las extremidades y equipadas con las alas de murciélago que recuperé del paraguas viejo.
    Esto dejará bien claro lo que ofrezco. A partir de ahí, quien no me contrate es un pobre imbécil.

                    Dedicado a Alberto Corujo, con un abrazo anónimo.




martes, 31 de mayo de 2011

PRIMAVERA URBANA

 
    El jueves, cuando subía en el 15 por Paseo de San Juan, la conductora no dobló por Industria. Tuvo un lapsus y siguió recto. El pasaje entero exclamó: ¿qué pasa? Pero no pasaba nada, ¿qué iba a pasar? Dimos una extraordinaria vuelta a la manzana en un autobús urbano despistado. Y ya está, luego seguimos el rumbo convenido. Cierto que era una tarde primaveral.
    Ayer, cuando a la salida del cole subía con el 15 por el Paseo de San Juan, el parque infantil rezumaba vida. Desde la ventana descubrí con asombro que en uno de los columpios que pendulaba enérgicamente no había ningún niño: era una abuelita moderna quien proyectaba su melena gris al viento. A su lado, pacientemente hacían cola dos pequeños.
    Hoy, al cruzar a pie el Paseo de San Juan, he visto que un papá sacaba monedas del bolsillo para comprar un helado a su hijo. Inmediatamente todos los niños que correteaban por ahí han acudido al unísono, arracimándose como nube de palomas al reconocer la bolsa de las migas. El hombre ha repartido hasta la última de las monedas que llevaba, y luego me he sumado yo, y hasta el jardinero municipal ha rebuscado en sus bolsillos. Como no tenía nada, el funcionario verde ha retirado la valla y nos ha ofrecido la hierba. Todos nos hemos tumbado a lamer nuestros polos de colores mientras contábamos las nubes pasar.
    Se hace de noche y los vecinos del Paseo de San Juan salen a tomar el aire al balcón, igual que antes. (Alguno ya en pantalón de pijama.) Se está muy bien al fresco.
    En el Paseo de San Juan corren vientos de cambio, y los que lo sabemos vamos a acudir imantados por algo innombrable, impublicable, intwitterable.